Ya desde hace algún tiempo muchos venezolanos no hablamos del "gobierno" sino del "régimen" porque quizás nos parezca un...
Ya desde hace algún tiempo muchos venezolanos no hablamos del "gobierno" sino del "régimen" porque quizás nos parezca un término más contundente y a los mayores les recuerden los tiempos de Pérez Jiménez. En el liceo, fue leyendo a José Vicente Abreu como supimos de Guasina, Sacupana y de los crímenes de la policía política de aquél "régimen".
Esa dictadura, contra la que se luchó también con votos, quedó grabada en la memoria colectiva como el "régimen" y así quedó para los que nacimos en tiempos de democracia, que fue, sin duda, un "régimen" distinto que tuvo el deber de diferenciarse, inaugurar un tiempo nuevo y superar al anterior.
Sin embargo, al buscar la definición precisa que dan los técnicos, el sentido común del término "régimen" pierde sus connotaciones negativas. Para los entendidos se trata del "conjunto de las instituciones que regulan la lucha por el poder y el ejercicio del poder y de los valores que animan la vida de tales instituciones".
Dado que cada régimen está íntimamente ligado, tanto a los valores sociales y políticos predominantes, como al funcionamiento institucional, se necesita que las instituciones tengan fortaleza frente a las cambiantes opiniones de los ciudadanos. La más reciente lección, en este sentido, nos la dio Estados Unidos, que suponíamos una república estructurada sobre instituciones muy sólidas. El caso es que con el llamado "asalto al Capitolio", todos "descubrimos" que esas instituciones tienen que protegerse muy celosamente del peligro, siempre acechante, del populismo.
Está claro que el modo de organizar y escoger a la clase dirigente condiciona la formación de la voluntad política y que la elección de un determinado tipo de régimen, y no otro, implica la elección de determinados valores. ¿En Venezuela qué valoramos esencial para el funcionamiento de nuestras instituciones políticas?
Históricamente, junto a la capacidad de las instituciones para generar estabilidad, se han utilizado distintos criterios para establecer la calidad de un determinado régimen político. Por la impronta que tuvo en Simón Bolívar, quizás uno de los más sonados sea el que inventó el inglés Jeremy Bentham (1748-1832): el mejor sistema "es el que produce la mayor suma de felicidad para el mayor número". Como "utilitarismo" se conoció esta doctrina que identifica el bien moral con el placer, el mal con el dolor y en la que se reconocen cuatro "dimensiones" o fases de un placer o un dolor: Su intensidad, su duración, la certidumbre con la que suceden las cosas y la lejanía del tiempo en el que pueden ocurrir. De allí la seguridad de Bentham para decir que cada hombre, movido por el interés, "escogería entre varios placeres el que mayor felicidad le proporcionase".
En realidad ya sabemos que los malos regímenes producen demasiadas penurias, que a ellos se puede llegar por decisión democrática y que ninguno ha durado para siempre. De manera que no estamos condenados, la historia es contingente y cada uno puede ser protagonista del cambio.
Esa dictadura, contra la que se luchó también con votos, quedó grabada en la memoria colectiva como el "régimen" y así quedó para los que nacimos en tiempos de democracia, que fue, sin duda, un "régimen" distinto que tuvo el deber de diferenciarse, inaugurar un tiempo nuevo y superar al anterior.
Sin embargo, al buscar la definición precisa que dan los técnicos, el sentido común del término "régimen" pierde sus connotaciones negativas. Para los entendidos se trata del "conjunto de las instituciones que regulan la lucha por el poder y el ejercicio del poder y de los valores que animan la vida de tales instituciones".
Dado que cada régimen está íntimamente ligado, tanto a los valores sociales y políticos predominantes, como al funcionamiento institucional, se necesita que las instituciones tengan fortaleza frente a las cambiantes opiniones de los ciudadanos. La más reciente lección, en este sentido, nos la dio Estados Unidos, que suponíamos una república estructurada sobre instituciones muy sólidas. El caso es que con el llamado "asalto al Capitolio", todos "descubrimos" que esas instituciones tienen que protegerse muy celosamente del peligro, siempre acechante, del populismo.
Está claro que el modo de organizar y escoger a la clase dirigente condiciona la formación de la voluntad política y que la elección de un determinado tipo de régimen, y no otro, implica la elección de determinados valores. ¿En Venezuela qué valoramos esencial para el funcionamiento de nuestras instituciones políticas?
Históricamente, junto a la capacidad de las instituciones para generar estabilidad, se han utilizado distintos criterios para establecer la calidad de un determinado régimen político. Por la impronta que tuvo en Simón Bolívar, quizás uno de los más sonados sea el que inventó el inglés Jeremy Bentham (1748-1832): el mejor sistema "es el que produce la mayor suma de felicidad para el mayor número". Como "utilitarismo" se conoció esta doctrina que identifica el bien moral con el placer, el mal con el dolor y en la que se reconocen cuatro "dimensiones" o fases de un placer o un dolor: Su intensidad, su duración, la certidumbre con la que suceden las cosas y la lejanía del tiempo en el que pueden ocurrir. De allí la seguridad de Bentham para decir que cada hombre, movido por el interés, "escogería entre varios placeres el que mayor felicidad le proporcionase".
En realidad ya sabemos que los malos regímenes producen demasiadas penurias, que a ellos se puede llegar por decisión democrática y que ninguno ha durado para siempre. De manera que no estamos condenados, la historia es contingente y cada uno puede ser protagonista del cambio.

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